miércoles, 4 de febrero de 2009

PENSAMIENTOS DE AQUEL AL QUE NO LE ERA IMPORTENTE EL AMOR.


Odio las cosas que tiene el color rojo, creo que es de maricas y contemplan un momento de psicopatía sangrienta y absoluta.

No me gustan los besos de lengua, atentan hacia la libertad de los labios y los secretos de la saliva.

Odio las flores y los chocolates, instrumento para el olvido de un malentendido, pues rompe la esencia de la guerra amorosa.

Me desagrada en sobremanera las tardes, madres nodrizas de las puestas de sol, olvido por un momento que la noche es mejor sin nadie a tu lado.

Aborrezco los abrazos, trueque hipócrita de aprecio y deseo, disfrazan las verdades de la carne por unas sencillas carisias.

No creo las promesas de pareja, son solo lucubraciones de mentes cansadas e ignoradas por el fracaso de otras pasiones.

Me desagradan los instantes de compañía con los amigos, me distraen de tenerte cerca y asegurar tu cariño.

Odio las cosas que dices para hacerme sentir bien, pues simple y sencillamente, se siempre que mientes.

Odio todo lo que tiene que ver con el corazón y sus sentimientos, engañan a los cardiólogos para que hagan mal su trabajo.

Odio la intimidad entre tú y yo, pues tu cercanía me transforma en algo que odio más que todo lo que acabo de escribir.

martes, 3 de febrero de 2009

EL CABALLO CORRE EN EL CAMPO.

Lo increíble de todo esto, es que siempre ha estado corriendo y jamás ha parado, y posiblemente nunca pare. ¿Es el mismo campo? ¿Acaso nunca lo ha hecho por otros lados desconocidos? ¿Siempre lo ha hecho por el mismo? ¿Nunca se cansa de correr? ¿Hacia dónde se dirige? ¿Tiene dueño? ¿Es pura sangre? ¿Por qué todos conocemos a este equino? ¿Por qué nunca se nos ha ocurrido otro animal para referirnos al acto de correr? ¿Por qué “por el campo”? ¿Por qué no por otro lugar? No sé, tal vez por un laboratorio de física cuántica; si es que existe tal laboratorio. Por la iglesia, por el cuarto de dos amantes holandeses, por el huerto de un alto hacendado romano o cualquier otro sitio.

¿Por qué corre solo? ¿Nadie lo acompaña? ¿Alguien lo dejo libre? ¿Lleva silla puesta? ¿Es blanco, negro, gris… azabache? ¿Tiene el hocico sangrando? ¿Existe alguna característica importante con este caballo? ¿Tiene nombre? ¿Pertenecen a alguien esos terrenos por los que corre nuestro cuadrúpedo amigo? ¿Tiene crías? ¿Es yegua? ¿Cómo saben que es él y no ella? ¿Somos tan ignorantes que no imaginamos alguna otra oración cuando de formularlas se trata? ¿A nadie le importa, acaso, que a ese caballo se le rompa alguna pata por correr todo este tiempo? ¿O que sea bronco y se vaya, como caballo viejo que era? ¿Ha alguien de aquí le importa acaso ese animal? ¿No? ¿Nadie?... bueno sé que al fin y al cabo, algún día se cansara de tanto camino recorrido y morirá exhausto, sin nadie que lo aliente de seguir en su travesía.

DALIA.


No sabía por qué huía, pero quería estar lo más lejos posible de aquel lugar. Decidió correr y jamás regresar, sería su partida sin regreso. Quería que la dejaran sola y a si comenzó su viaje.
El bosque la esperaba… la esperaba desde hace mucho.

Dalia vestía de blanco, pero con la cercanía de la noche sus vestidos comenzaron a tornarse negros, el corce la ahogaba, pero era este sofocamiento la que la motivaba a seguir su camino, su largo camino. Corría, no paraba, pues le era imposible hacerlo. Internada en el boscaje admiro lo largo de los robles y lo viejo de las hojarascas, su camino, su ropaje. Dalia estaba perdida, pero buscaba algo, algo que la dejaría en paz, algo que nunca había tenido y que siempre había anhelado. Estaba desesperada, estaba cansada, sabía que su búsqueda era difícil y que la vía para llegar lo seria aun más, se angustiaba. Ya estaba halla y no podía dar marcha atrás, algo dentro suyo la animo a continuar llenándola de energía y ánimos… era magia. Magia pequeña, única, antigua, ligera, como el rasguño de un troll, como la caricia de una hada, como lo que siempre se ha anunciado y nunca ha llegado. Volvió a su andanza, pero con ímpetus renovados. Dalia estaba cerca, podía sentirlo, algo la llamaba al centro de aquella arboleada… había llegado al fin.

Había seis antorchas iluminando el aposento, una cama adornada en rojo servía como ofrenda para aquel que Dalia tanto había buscado, aquel vestía de túnica y no mostraba la cara… era el inquisidor. La tomo entre sus brazos y la azoto contra la cama, la desnudo completa y la poseyó, sabía lo que quería, y lo que debería y lo hiso, el inquisidor destruyo a su víctima. Desde esa posición y con los ojos serrados, Dalia se dio cuenta que ahora estaba completa, que era única, era amada y sobre todo que ya había llegado al final. Al final de su camino, al final del bosque y al final de la eternidad.